La carrera contra el miedo: “Corrí para vivir”
- Éxodo Digital

- 26 oct 2025
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Por María Caal
Purulhá, Baja Verapaz. En un país aún marcado por la violencia, la inseguridad en los caminos rurales era una sombra constante. Corría el año 1993, y para Paulina Xoná, una joven de 18 años, la jornada era un trayecto a pie de más de dos horas desde la montaña hacia el pueblo donde debía cumplir con compromisos en la iglesia.
En aquella época, en los trayectos largos y aislados, se creaban rumores de asaltos y violencia, un ambiente que el contexto post-conflicto armado exacerba. Aquella mañana se dirigía a la iglesia del pueblo cuando observó un vehículo sospechoso que se detenía en el camino.
Mientras estaba oculta, Paulina escuchó algo que aumentó un terror frío a su corazón que ya "temblaba" por el pánico. La soledad era la norma, y por eso, cuando un vehículo apareció a lo lejos y se detuvo, el temor se activó de inmediato.
El camino, serpenteante y rodeado de vegetación espesa, como ella lo describe, era “pura montaña, no es como ahora que ya es más plano.”
Su reacción fue instintiva, una decisión que le salvó la vida. Corrió y se lanzó a un escondite improvisado. “Yo escuché que frenaron el carro y se bajaron. Vi a unos hombres”, relata Paulina. Menciona que eran dos hombres “estilo gringo” quienes se encontraban en el lugar construyendo hidroeléctricas.
“Me escondí abajo del barranco y me quedé quieta. Escuchaba que decían que estaban robando y que habían encontrado ropa de mujeres. Yo temblaba de miedo”, recuerda.
Durante varios minutos permaneció escondida entre la maleza, hasta que escuchó “Pero aquí estaba, aquí estaba parada, a dónde se va ir’’,
“Yo miraba sus zapatos como caminaban alrededor, y yo estaba escondida. Daban vueltas por el lugar, estacionaron el carro, me mordía los dientes del miedo’’, hasta que escuchó "vámonos qué no aparece”.

El carro se alejaba por una subida cercana. Entonces corrió sin detenerse por casi media hora, hasta llegar a un potrero donde descansó, agotada y sin fuerzas. “Corrí hasta que ya no aguanté. Solo pensaba en llegar al pueblo y que no me encontraran”, relata.
Los dueños de las fincas cercanas alertaban de que personas desconocidas estaban robando, y que estaban desapareciendo personas. Paulina asegura que nunca volvió a ver a los hombres que la asustaron ni supo quiénes eran.
Sin embargo, el miedo de aquella noche quedó grabado en su memoria. “Eso no se olvida. Es algo que uno lleva en el corazón”, dice.
Ya no quería regresar sola, así que me fuí con las personas de la iglesia, para ese momento eran las seis de la tarde. ‘‘Llegué a casa y le conté a mamá lo que me había pasado, ella me dijo que mejor ya no me fuera, porque era muy peligroso’’, menciona.
Para Paulina, la tranquilidad de un camino que llevaba a la iglesia se convirtió para siempre en la memoria de una lucha por la supervivencia. Este detalle, que contextualiza la vulnerabilidad de las mujeres en los caminos rurales, justifica la desesperación de Paulina.
Estaba consciente de que el peligro que enfrentaba trascendía el simple robo. Paulina Xoná sentencia con una claridad que duele: “Es una cosa que eso es lo que uno pasa. Nunca se los quita en la mente. Que es horrible.”



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