INICIÓ SU EMPRENDIMIENTO CUANDO TODOS CERRABAN
- Éxodo Digital

- 14 nov 2025
- 3 min de lectura
Por Orlando Vásquez
En la 18 calle de la zona 1, entre la 5a y 6a avenida, el ruido del tráfico se mezcla con los vendedores ambulantes, la vida apresurada de los mercados y el aroma a comida que viaja de esquina a esquina. En medio de ese ritmo acelerado en el local 5-25, existe un pequeño espacio lleno de luz, espejos y colores: Giada Avenue, un local de ropa juvenil para mujeres que contrasta con la historia de lucha silenciosa detrás de sus paredes.
La tienda aparenta ser sólo otro negocio del Centro Histórico, pero para su dueña —una mujer joven, psicóloga y emprendedora— representa un legado familiar construido con sacrificio, fe y jornadas que pocos estarían dispuestos a vivir.

Sus padres fueron vendedores de la calle durante muchos años. “Ellos siempre me dijeron que ser vendedores no tenía por qué encasillarnos en el estereotipo de ‘pobres’”, recuerda. De ellos aprendió que el trabajo honrado vale más que cualquier título, y que la dignidad se defiende con esfuerzo diario.
Karina también escuchó desde niña las historias de otros emprendedores del Centro Histórico, como los fundadores de Saúl E. Méndez, que empezaron como sastres sobre la 5a avenida, a unas cuadras de donde hoy ella trabaja. Esa historia le enseñó que ningún inicio humilde es un final escrito.

Mientras estudiaba Psicología en la Universidad de San Carlos, trabajaba y buscaba nuevas formas de generar ingresos. Sus padres le dieron una pequeña parte del negocio para vender refacciones, pero ella transformó ese espacio en algo más: instaló una cafetera industrial, empezó a vender café premium, chocolate, bebidas calientes… y así financió parte de su carrera.
“Yo no crecí en el almacén, pero vender ahí fue el puente que me permitió mantenerme en la universidad”, cuenta. Con el tiempo, la psicología le enseñó a tratar a las personas, a observar, a escuchar, a entender comportamientos: habilidades que hoy aplica en cada clienta que entra a Jade Avenue.

En plena pandemia, cuando los negocios bajaban cortinas y la incertidumbre dominaba la ciudad, ella decidió abrir. Fue un acto de fe, pero también de determinación.
Mientras otros emprendimientos luchaban por sobrevivir, ella levantaba telas, acomodaba perchas y limpiaba vitrinas nuevas. La gente la veía abrir el local y se preguntaba por qué alguien iniciaría un negocio en uno de los momentos más difíciles económicamente. Su respuesta era simple: siempre hay una oportunidad cuando otros dejan un espacio vacío.
Su rutina era brutal: Salía de la universidad a la 1 de la tarde, atendía pacientes por la tarde, y desde las 5 se iba al local. A las 10 de la noche regresaba a su casa, estudiaba desde las 11 hasta las 3 de la mañana y a las 5 ya estaba de pie otra vez. Durante las vacaciones, lejos de descansar, adelantaba cursos. Ese ritmo, cansado pero disciplinado, moldeó su carácter emprendedor. Aprendió que las malas rachas no son permanentes, que la tolerancia a la frustración es una herramienta esencial y que “se trabaja hoy para descansar mañana”.

Giada Avenue: el camino pavimentado y el que falta por construir
Hoy, Giada Avenue es una tienda vibrante que ofrece moda juvenil para adolescentes y mujeres jóvenes. Colores vivos, prendas frescas y estilos actuales llenan las perchas, atrayendo a clientas que buscan algo diferente a lo que se encuentra en los mercados tradicionales. Ella siente que sus padres le dejaron la calle pavimentada: el ejemplo, la ética del trabajo, y la fuerza para no rendirse.“Mi historia ahora es mantenerla… y mejorarla”, dice con una sonrisa tranquila.
Su visión es simple pero poderosa: ofrecer un servicio de calidad, tratar a cada clienta con respeto y demostrar que los sueños también pueden construirse desde las aceras del Centro Histórico. En la zona 1, donde el movimiento nunca se detiene, su negocio se ha convertido en un símbolo silencioso de resistencia, disciplina y esperanza. Un recordatorio de que el emprendimiento no es sólo vender: es levantarse temprano, trabajar duro y creer que, incluso en los días más difíciles, la vida puede abrirte una puerta… aunque tengas que empujarla tú mismo.




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