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El calor del comal que une a una familia

  • Foto del escritor: Éxodo Digital
    Éxodo Digital
  • 26 oct 2025
  • 2 min de lectura

Por Andrea Pérez

 

En un pequeño local, el aroma del maíz cocido anuncia que las tortillas de doña Vilma de Flores ya están listas. Desde las primeras horas del día, el calor del comal acompaña una rutina que lleva más de cuarenta años siendo el sustento y la herencia de su familia.


“Mi día empieza a las siete de la mañana cuenta Vilma. Me levanto, hago mi devocional, pongo el maíz a cocer y mientras tanto limpio el local”. Ese es apenas el inicio de una jornada que se extiende hasta las nueve de la noche, entre humo, risas y el sonido constante de las manos dando forma a la masa caliente.El negocio es familiar. Lo fundó su madre hace cuatro décadas, cuando en la colonia donde vivían no existía servicio de tortillas. “Mi mamá empezó a hacerlas para nosotros, pero los vecinos comenzaron a pedírselas, y así nació la tortillería”, recuerda Vilma con orgullo. Desde entonces, el negocio ha pasado de generación en generación. Ahora, sus hijos y un sobrino la ayudan en la elaboración, limpieza y entrega a domicilio.


“Cada quien tiene su turno”, explica. “Mi hijo cubre el almuerzo, mi sobrino la cena, y mis hijas ayudan a hacer las tortillas. Yo me encargo de la organización y de que todo esté limpio”. En el pequeño local, el trabajo se reparte con disciplina y cariño. Nadie toca el dinero mientras manipula la comida: “Por higiene dice Vilma ellos cobran, y nosotras solo tocamos las tortillas”.


Hace tres años, la familia decidió trasladar el negocio a la comunidad. Aunque el cambio implicó empezar casi desde cero, Vilma asegura que no podía abandonar la tradición: “Después de tantos años, me hacía falta la tortillería. Uno llega a extrañar ese movimiento”.


Como todo emprendimiento, este también enfrenta desafíos. Los días festivos son una temporada baja: “A veces prefiero no trabajar porque se invierte más de lo que se gana”, confiesa. Además, el pago del alquiler, la luz y el agua son compromisos constantes que requieren organización. “Si no apartó el dinero diario, después me toca correr para juntar lo del mes”, comenta entre risas.


Aun así, el negocio ha sido una bendición. El gas que usa para cocinar también le sirve en casa, y las ganancias, aunque modestas, alcanzan para sostener a la familia. “Más que dinero, esto me da tranquilidad. Es algo nuestro, que empezó mi mamá y que ahora sigue con mis hijos”, dice con una sonrisa cansada, pero satisfecha.Cuando cae la noche, el calor del comal se apaga y el aroma del maíz se desvanece. Vilma recoge, limpia y cierra su tortillería hasta el día siguiente. En ese silencio final, se escucha aún el eco de una tradición que ha sobrevivido al tiempo, al cambio de casa y a las dificultades: la historia de una mujer que, entre masa y fuego, mantiene viva la herencia de su madre.

 
 
 

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